El dólar es una arquitectura de poder. Desde mediados del siglo XX se consolidó como la divisa de referencia del comercio internacional, de las reservas de los bancos centrales y de los flujos financieros globales.
En ese entramado, el petróleo ocupa un lugar axial por su carácter estratégico (energía, transporte, industria, guerra, etc.); se convirtió en el engranaje perfecto para anclar la demanda mundial de dólares.
El sistema del petrodólar no surge entonces como un accidente técnico, sino como una decisión geopolítica que convirtió al crudo en el soporte material de la hegemonía monetaria estadounidense.
El mecanismo del petrodólar: origen y funcionamiento
El origen de esta lógica se remonta a la necesidad de Estados Unidos de reconstruir un ancla para su moneda.
Al finalizar la Segunda Guerra Mundial, Washington concentraba cerca de dos tercios de las reservas mundiales de oro, mantenía intacta su capacidad industrial y era el principal acreedor del planeta. Sobre esa base se diseñó el conocido sistema de Bretton Woods, que ubicó al dólar en el centro del orden financiero internacional, ya que las monedas del mundo se vincularon al dólar y el dólar al oro.
De este modo, el comercio internacional pasó a depender estructuralmente de la moneda estadounidense.
No obstante, aquello comenzó a resquebrajarse a finales de los años 1960, cuando el gasto de la guerra de Vietnam y los déficits comerciales erosionaron la capacidad de Estados Unidos para sostener la convertibilidad dólar-oro.
El quiebre definitivo llegó en 1971, cuando el presidente Richard Nixon anunció unilateralmente el fin de la convertibilidad, junto con controles de precios y recargos a las importaciones: "He ordenado al Secretario del Tesoro que tome las medidas necesarias para defender el dólar de los especuladores", suspendiendo temporalmente la convertibilidad en oro, ahora permanente, despejando el camino para que los dólares fiduciarios predominaran en el comercio del petróleo.
Con ese acto (el llamado Nixon Shock), el dólar quedó convertido en una moneda fiduciaria sin respaldo metálico, como oro o plata.
El mecanismo del petrodólar surge de una decisión estratégica tomada por Estados Unidos para preservar su poder monetario.
Pero, ¿cómo podían sostener la demanda global de una moneda que ya no estaba anclada al oro?
La administración estadounidense, con todo lo que representa en términos corporativos, comprendió que si lograba vincular su moneda a la mercancía más estratégica de la economía moderna, podría reemplazar al oro como ancla funcional del sistema.
Ese recurso era el petróleo y la elección de Arabia Saudita fue clave.
En la década de 1970, el reino era el mayor exportador de petróleo del mundo, controlaba aproximadamente el 16% del suministro global y actuaba como productor de referencia dentro de la Organización de Países Exportadores de Petróleo (OPEP), con capacidad para aumentar o reducir la producción y, con ello, influir en los precios internacionales. Asegurar a Arabia Saudita equivalía, en los hechos, a definir la arquitectura del mercado petrolero mundial con un solo actor.
Entre 1973 y 1974, el secretario del Tesoro William Simon, con el respaldo directo de Henry Kissinger, negoció en secreto un acuerdo estratégico con Riad. El pacto estableció que todo el petróleo saudita sería vendido exclusivamente en dólares estadounidenses y que los excedentes resultantes serían reciclados en activos financieros de Estados Unidos, principalmente bonos del Tesoro.
A cambio, Washington garantizaba protección militar, estabilidad del régimen, acceso privilegiado a armamento avanzado, entrenamiento y respaldo frente a amenazas regionales de ese entonces.
Este acuerdo constituyó la construcción deliberada de un nuevo anclaje para el dólar. El petróleo sustituyó al oro como respaldo funcional de la moneda estadounidense.
A partir de ese momento, cualquier país que necesitara importar energía debía primero obtener dólares. El dólar dejó de ser una moneda entre otras y se convirtió en infraestructura indispensable del comercio global.
Una vez asegurado el mayor productor y exportador del mundo, el resto del sistema se alineó casi automáticamente.
Los contratos petroleros se estandarizaron en dólares, las bolsas energéticas operaron bajo reglas dominadas por Estados Unidos o sus aliados, y el conjunto de la OPEP replicó el esquema.
Para comprar el petróleo que todos necesitan, había que usar dólares; para obtener dólares, había que comerciar con Estados Unidos, endeudarse o acumular reservas en su moneda.
El reciclaje de petrodólares cerró el circuito. Los países exportadores comenzaron a acumular enormes excedentes en dólares que no podían absorber plenamente en sus economías nacionales sin generar inflación, apreciación cambiaria y distorsiones estructurales.
Economías con poblaciones reducidas y baja diversificación productiva carecían de proyectos internos suficientes para invertir esos ingresos sin desestabilizarse.
La salida natural fue canalizar esos excedentes hacia el exterior.
El mercado financiero estadounidense ofrecía el destino ideal por su profundidad, liquidez inmediata, bajo riesgo y un activo considerado libre de default, los bonos del Tesoro. No existía una obligación legal de comprarlos, pero sí una lógica sistémica que hacía esa decisión prácticamente inevitable.
Para los exportadores de petróleo, invertir en deuda estadounidense permitía preservar valor, obtener rentabilidad y disponer de liquidez en caso de caídas del precio del crudo.
Para Estados Unidos, significaba financiar déficits masivos a bajo costo, mantener tasas de interés reducidas y sostener su aparato económico, político y militar.
De este modo, el acuerdo de 1974 estabilizó el dólar tras el shock de Nixon, transformó la crisis petrolera en un pilar de la hegemonía monetaria estadounidense y consolidó al dólar fiduciario como moneda de reserva global.
Arabia Saudita ganó seguridad y poder como actor energético central; Estados Unidos aseguró la demanda estructural de su moneda y la financiación de su deuda. El petróleo, cotizado globalmente en dólares, se convirtió en el eje silencioso del sistema financiero internacional.
Así se cerró el círculo.
El petróleo venezolano como reserva del mecanismo
A inicios de su gobierno, Donald Trump intensificó su política arancelaria como parte de una estrategia de presión sistémica para darle oxígeno al dólar en un contexto de erosión gradual de su hegemonía. Fue una respuesta defensiva ante el avance de esquemas financieros que comenzaron a operar fuera del dominio monetario estadounidense. De hecho, se recuerda que, desde la segunda mitad de 2022, el yuan ha incrementado su participación en el comercio internacional, especialmente como vía de escape frente a sanciones ilegales.
Consciente de ese riesgo, Trump elevó el tono de la confrontación a solo una semana de su investidura, y amenazó con imponer aranceles del 100% a los países del BRICS+ si avanzaban en la creación de una moneda alternativa al dólar. Así que cualquier intento de construir arquitectura monetaria por fuera del dólar será tratado como un desafío directo a Estados Unidos.
Aunque el dólar sigue siendo la principal moneda de reserva, su participación ha caído de alrededor del 71% a comienzos de siglo a cerca del 60% en la actualidad. Esa pérdida gradual refleja una búsqueda deliberada de alternativas por parte de actores que ya no aceptan el uso de la moneda como arma geopolítica, debido a que deja de ser un activo neutral y empuja a los Estados a buscar refugio en otros esquemas.
Para Estados Unidos, perder ese dominio implicaría un golpe estructural.
Ahora bien, la escalada contra Venezuela parte de una secuencia calculada cuyo hilo conductor es mantener al dólar como eje del orden global. Cuando Washington actúa sobre el petróleo, no está asegurando solo barriles, está protegiendo la moneda que sostiene su hegemonía.
¿Por qué Venezuela? El país concentra las mayores reservas probadas de petróleo del mundo, ofrece garantías de suministro por décadas y posee ventajas logísticas excepcionales hacia el Caribe, el Golfo de México y el mercado estadounidense.
Controlar el mercado con ese petróleo en órbita equivale a asegurar oxígeno para el dólar. Mientras el crudo estratégico circule bajo reglas impuestas por Washington, el mecanismo del petrodólar sigue vivo.
Este conjunto de acciones se formaliza doctrinalmente en la Estrategia de Seguridad Nacional de 2025, donde el "Corolario Trump" hace explícita una visión de suma cero para el hemisferio.
Lo sucedido en Venezuela envía un mensaje a los países vecinos a elegir bando, rompe proyectos energéticos regionales y convierte la neutralidad en una ilusión inviable.
La paradoja, sin embargo, es profunda. En un mundo económicamente entrelazado, la coerción termina debilitando al propio coercionador. Las sanciones ilegales, la piratería energética y la militarización erosionan la confianza en el sistema que las sustenta, al menos, a largo plazo.