La intención del presidente estadounidense Donald Trump de anexar Groenlandia es el reflejo de una estrategia de poder que combina la urgencia por el control de recursos críticos, la proyección militar en el Ártico y la reconfiguración de alianzas occidentales en un mundo que ya no reconoce el orden post guerra fría.
La isla, que hasta hace poco un territorio periférico en la imaginación geopolítica, se ha convertido en el epicentro de una disputa que revela las contradicciones internas de la OTAN, la fragilidad de la Unión Europea y la nueva lógica del poder que combina tecnología, recursos naturales y presión militar.
Tesoro bajo el hielo… y el deshielo
Se trata de una de las reservas minerales más subestimadas del planeta. Según la Investigación Geológica de Dinamarca y Groenlandia (GEUS, por sus siglas en inglés) del Centro de Minerales y Materiales (MiMa), alberga depósitos significativos de tierras raras, cobre, zinc, oro, platino, níquel, titanio, uranio y, sobre todo, tierras raras (REE, por sus siglas en inglés), minerales críticos para la fabricación de imanes de alta potencia en turbinas eólicas, motores de vehículos eléctricos y equipamiento militar avanzado.
El informe de 2023 identifica al menos 43 proyectos mineros activos o en exploración, concentrados en el sur y suroeste del territorio, donde el deshielo está abriendo nuevas rutas de acceso a:
- Minerales críticos: Grafito para baterías, cobalto, níquel, cobre y tungsteno.
- Metales preciosos y gemas: Oro, rubíes, platino y diamantes (estos últimos descubiertos en kimberlitas en los años 70 pero nunca explotados).
- Hidrocarburos: La región noreste alberga un potencial estimado en 31 mil millones de barriles de petróleo-equivalente, comparable a las reservas probadas totales de crudo.
El mapa geológico de Groenlandia dibuja un cinturón de minerales estratégicos que se extiende desde Kvanefjeld —uno de los mayores depósitos de tierras raras del mundo— hasta la región de Disko-Nuussuaq, rica en cobre y oro. La empresa australiana Greenland Minerals, antes de ser suspendida por la legislación local, estimaba que Kvanefjeld podría abastecer hasta el 25% de la demanda global de tierras raras durante las próximas décadas. La misma zona incluye uranio, lo que convierte a Groenlandia en un actor clave para la independencia energética y militar de Occidente. Tres depósitos en el sur de la isla, particularmente en la provincia de Gardar, podrían estar entre los más grandes del mundo por volumen.
Investigaciones citadas por The Conversation estiman que Groenlandia tiene reservas suficientes para satisfacer más de una cuarta parte de la demanda global futura de disprosio y neodimio, dos de las tierras raras más estratégicas y difíciles de obtener.
Existe, sin embargo, una paradoja que acelera esta disputa. Groenlandia pierde 30 millones de toneladas de hielo por hora, un ritmo cinco veces mayor que hace dos décadas. Este deshielo, calificado por la ciencia como "irreversible y rápido", tiene impactos incalculables a escala planetaria. Pero, al mismo tiempo, hace más accesibles los recursos costeros y abre nuevas rutas marítimas, creando un controversial incentivo para la explotación. El aumento global de las temperaturas está haciendo accesible el territorio y, así, la crisis climática se convierte en un catalizador de la disputa geopolítica.
Un nodo clave para la doctrina "Donroe"
La obsesión de Trump con Groenlandia no nace en 2025, sino en 2018, cuando el empresario heredero de Estée Lauder, Ronald Lauder, le planteó al entonces asesor de Seguridad Nacional John Bolton la posibilidad de "comprar" la isla. Lauder, quien desde entonces ha invertido en una embotelladora de agua local y en un proyecto hidroeléctrico en el lago más grande de Groenlandia, convirtió una fantasía corporativa en política de Estado. En agosto de 2019, Trump describió la operación como "un gran negocio inmobiliario", y tras ser rechazado por Dinamarca, canceló su visita de Estado en un tuit que marcó el inicio de una hostilidad sutil pero constante.
El argumento oficial de "seguridad nacional", más bien, de la Doctrina Donroe, presenta fisuras evidentes. La base aérea de Pituffik (antigua Thule) es operada por Estados Unidos desde 1951 mediante lo pactado por ambas partes en un acuerdo de defensa, esto ya le proporciona capacidades de alerta temprana de misiles, control espacial y proyección de fuerza en el Ártico.
Ni la administración Trump ni el Pentágono han identificado peticiones de seguridad específicas no satisfechas por Dinamarca. Tampoco han desplegado nuevos contingentes militares en la isla, a diferencia de la respuesta europea. Lo que sí han hecho es utilizar la retórica de la "competencia estratégica" de la Estrategia de Seguridad Nacional 2025, que enmarca a China y Rusia como adversarios existenciales, para justificar la expansión hacia el Ártico.
La carta dirigida recientemente por Trump al primer ministro noruego Jonas Gahr Store, devela la elocuencia del pulso establecido: "Considerando que su país decidió no otorgarme el Premio Nobel de la Paz por haber detenido 8 guerras, ya no siento la obligación de pensar únicamente en la paz... puedo pensar en lo que es bueno y apropiado para Estados Unidos" La misiva cuestiona la soberanía danesa —"no hay documentos escritos, solo que un barco atracó allí"— y exige "control completo y total" de la isla, mientras acusa a Dinamarca de incapacidad para protegerla "de Rusia o China".
La amenaza es clara: si la OTAN no apoya esta anexión, Washington considera que la alianza ha dejado de cumplir su función. Este discurso fue reforzado por el jefe de Gabinete adjunto Stephen Miller, quien declaró a CNN que las "leyes de hierro" del mundo son "fuerza, poder y nada más", legitimando la anexión por vía militar si fuera necesario.
La Casa Blanca no solo ha descartado la vía diplomática como única opción, sino que ha convertido la crisis en una prueba de lealtad para la OTAN, argumentando que tras años de presionar alianzas para que aumentaran el gasto militar al 5% del PIB, "ahora la OTAN debería hacer algo por Estados Unidos".
El control de Groenlandia le permite al agresor permanente proyectarse sobre tres frentes simultáneos:
- En un escenario de guerra con Rusia, Groenlandia es el primer eslabón de la cadena de contención.
- En un escenario de competencia con China, es la llave para bloquear la Ruta Polar de la Seda.
- Y en un escenario de crisis energética, es el depósito de minerales que el Pentágono ha clasificado como "críticos para la defensa nacional".
Un análisis del Belfer Center sintetiza la contradicción central: "Estados Unidos no necesita ser dueño de Groenlandia para lograr sus intereses de seguridad y económicos". La insistencia en la adquisición, por lo tanto, apunta a un objetivo más ambicioso: tener la soberanía absoluta para un despliegue sin restricciones, algo que los acuerdos actuales con Dinamarca, el socio soberano, no permiten.
El frío apetito de las big tech
Más allá del discurso de seguridad nacional, en cuanto a Groenlandia hay una red de intereses privados que le transforma en un laboratorio vivo del tecnofeudalismo que ya está operando en el territorio. Distintos análisis refieren a una coalición de multimillonarios tecnológicos —entre ellos Peter Thiel, Elon Musk y Ronald Lauder— que ha presionado directamente a Trump para que acelere la incorporación de la isla al territorio estadounidense.
Detrás de la retórica gubernamental opera una red de intereses privados que transforma Groenlandia en el laboratorio vivo del tecnofeudalismo. La empresa más emblemática es KoBold Metals, respaldada desde 2019 por Jeff Bezos, Bill Gates y Michael Bloomberg a través del fondo Breakthrough Energy. En 2022, Sam Altman (OpenAI) invirtió mediante Apollo Projects, y la firma alcanzó una valoración de 3 mil millones de dólares tras recaudar 537 millones en diciembre de 2024. KoBold utiliza algoritmos de inteligencia artificial (IA) para analizar datos geológicos y ha identificado el proyecto Disko-Nuussuaq en la costa suroeste, donde busca cobalto y cobre para la expansión de centros de datos y baterías.
El CEO de KoBold, Kurt House, ha sido explícito: "El crecimiento de la demanda de litio es asombroso. Necesitamos un aumento de 30 veces en la producción global". Su interés no es climático, sino abastecer la "duplicación de demanda de cobre para 2050" impulsada por la revolución de la inteligencia. El litio, descubierto recientemente en la costa oeste de Groenlandia, es el mineral que alimenta esta fiebre.
Pero la ambición trasciende la minería. Peter Thiel, ideólogo de la "Ilustración Oscura" y mentor del vicepresidente J.D. Vance, financió en 2021 la startup Praxis, que busca construir una "ciudad libertaria" o "estado de red" en territorio groenlandés. El fundador Dryden Brown publicó en noviembre de 2024: "Fui a Groenlandia para tratar de comprarla", y el proyecto ha recaudado 525 millones de dólares con inversores como Andreessen Horowitz.
La visión es, por una parte, crear un territorio autónomo con regulaciones mínimas, impuestos tokenizados y leyes escritas por corporaciones: un experimento de CEOcracia que Thiel defiende abiertamente como incompatible con la democracia. Por otra parte, se trata de avanzar en la explotación de la naturaleza en los sitios en los que el acceso es mucho más complejo pero cuyos costos serán financiados por los impuestos de la ciudadanía.
Esta red de poder se ha infiltrado en el gobierno. El embajador de Estados Unidos en Dinamarca, Ken Howery, es ex ejecutivo de PayPal y asociado cercano de Thiel y Elon Musk. El Secretario de Comercio Howard Lutnick, ex CEO de Cantor Fitzgerald, mantuvo inversiones en Critical Metals Corp, vinculada a proyectos groenlandeses. Y el propio Trump ha recibido millones del mega donante Ronald Lauder, quien después de sugerir la anexión en 2018, compró acciones en empresas locales y escribió en el New York Post sobre "tres caminos para hacer de Groenlandia la próxima frontera estadounidense".
El patrón se evidencia en que los mismos billonarios que financiaron la campaña de Trump —y que aparecieron en la primera fila de su toma de posesión— ahora esperan que su inversión en exploración minera se vea compensada con un cambio de soberanía que desmantele las regulaciones ambientales y sociales que bloquean sus proyectos. Como explicó el experto en seguridad ártica Marc Jacobsen a Forbes: "Lo importante aquí es el vínculo cercano con los tomadores de decisiones groenlandeses. Se trata de estrategia y control".
En Groenlandia, esto se traduce en una alianza entre el Pentágono, los oligarcas tecnológicos y el gobierno de Trump, donde la "seguridad nacional" sirve de coartada para una reconfiguración extractivista y digital del territorio.
La disputa intraimperial ¿Negociación, ruptura o continuidad?
La reacción europea ha sido leve y fragmentada. La Comisión Europea calificó la propuesta de Trump como "inaceptable e incompatible con el derecho internacional", pero la respuesta real ha sido más ambigua. Dinamarca, que mantiene el control constitucional de Groenlandia, rechazó la "venta" pero no descartó una "alianza estratégica ampliada" con Estados Unidos que incluya infraestructura crítica y cooperación militar.
Según Politico EU, el gobierno danés teme que Trump imponga aranceles a los productos europeos si se bloquea su acceso a la isla. Ya hay ocho países —entre ellos Alemania y Francia— que han sido amenazados con medidas comerciales si se oponen a la presencia militar ampliada.
La OTAN, por su parte, está en crisis. El secretario general, Mark Rutte, ha intentado mediar, pero la alianza está dividida entre los países bálticos —que ven en la presencia estadounidense un escudo contra Rusia— y los europeos del sur, que temen una escalada con Moscú y una pérdida de soberanía. Se habla de una "OTAN en coma", donde los intereses nacionales priman sobre la solidaridad atlántica.
Por otra parte, el temor es que Trump use Groenlandia como moneda de cambio: apoyo militar a Ucrania a cambio de concesiones en el Ártico. Según Kyiv Independent, la Casa Blanca habría condicionado nuevos envíos de armamento a Kiev al "compromiso europeo con la estabilidad groenlandesa", una expresión que en la práctica significa no interferir en la expansión estadounidense.
En Bruselas, hay quienes hablan ya de un "divorcio transatlántico". La UE ha hablado sobre su cláusula de "autonomía estratégica" en materia de defensa, y Francia ha propuesto crear una fuerza naval conjunta para patrullar el Ártico sin dependencia de la OTAN. Noruega —miembro de la OTAN pero no de la UE— ya ha firmado un acuerdo bilateral con Estados Unidos para permitir vuelos de reconocimiento sobre su zona ártica. Finlandia y Suecia, recién incorporadas a la alianza, han hecho lo mismo.
El rechazo de una parte de Europa nació la posición sólida de Trump, quien ha calificado como "inaceptable" cualquier opción que no sea la anexión de Groenlandia a Estados Unidos. En la reunión del Foro Económico Mundial realizada el pasado 12 de enero en Davos, afirmó que "en la Segunda Guerra Mundial, cuando Dinamarca cayó ante Alemania después de solo seis horas de combate y fue totalmente incapaz de defenderse a sí misma o a Groenlandia".
En abierta amenaza a Europa, agregó:
"Probablemente no obtendremos nada a menos que decida usar una fuerza excesiva donde, francamente, seríamos imparables. No tengo que usar la fuerza. No quiero usar la fuerza. No usaré la fuerza. Todo lo que Estados Unidos pide es un lugar llamado Groenlandia".
El resultado apunta a una Europa fragmentado, donde cada país negocia por su cuenta y donde Groenlandia se ha convertido en el primer territorio en disputa de la nueva guerra fría.
Estados Unidos surgió de las luchas europeas por tierras que no les pertenecían, y el hecho de que dejaran de luchar brevemente es la anomalía, no Trump. Entretanto, Groenlandia es el espejo de un norte global que ha dejado de creer en las reglas que inventó. El derecho internacional, la soberanía nacional, la integridad territorial... todo se negocia ahora en términos de "seguridad crítica" y "intereses vitales".
Trump avanza sobre la isla mientras Europa debate —con excesiva mesura— su reacción y la OTAN se desmorona por dentro.