Vie. 04 Abril 2025 Actualizado 6:15 pm

european.jpg

La irrelevancia estratégica de Europa se afianza en medio de los acelerados cambios geopolíticos (Foto: Archivo)

Europa en Zugzwang

Como en el ajedrez, Bruselas llegó al punto donde le toca mover y sabe que es para perder.

Bien podríamos pensar que Zugzwang es el nombre de algún país de fantasía, como Letonia, Estonia, Lituania, Macedonia del Norte, Kosovo o cualquier otro lugar de Europa donde la OTAN pretenda instalar bases militares. Algo así como la "Syldavia" imaginada por Hergé para el reportero Tintin y su perro Milou —el de Tintin, no el suyo, digo. Pero no es el caso. Zugzwang tampoco es el apellido de algún estratega chino de la época de "Otoños y Primaveras", cuya milenaria sapiencia política permite llevar los conflictos armados a buen puerto. Y no.

Zugzwang es una palabra alemana que describe una situación del ajedrez, compuesta por "zug", que significa "mover", y "zwang" que quiere decir "obligación". Significa, pues, la obligación de mover una pieza con la característica de que cualquier movimiento va a empeorar la posición sobre el tablero de quien lo haga. El jugador en situación de Zugzwang sabe que debe jugar, y que cualquier movida le será perjudicial, ya sea porque entrega al adversario alguna figura de importancia, o porque puede quedar en jaque, en jaque repetitivo, pronto jaque mate. Es cuando uno está obligado a mover, a abiendas de que cualquier desplazamiento empeorará la situación. Es el momento de Europa. Veamos el tablero.

Con respecto a EE.UU., la política de Trump ha dejado en claro que la resolución de la guerra en Ucrania ya no depende de la Unión Europea. En efecto, bastaron un par de conversaciones telefónicas con Putin para alejar a los europeos de la mesa chica de las negociaciones. El primer ministro británico, Keir Stramer, pretende ser "un puente" entre EE.UU. y Europa, cuando los intereses del primero ya no responden de manera inmediata a los caprichos belicistas de Londres y el Reino Unido ya ejerció el Brexit, con lo que la palabra de Downing Street solo vale como vocero menor de la OTAN. En una videoconferencia realizada el pasado 16 de marzo ante una treintena de líderes europeos, Stramer afirmó la necesidad de establecer una fuerza multinacional que asegurara la tregua reclamada por Ucrania y respaldada por EE.UU. "Putin se sentará tarde o temprano a la mesa de negociaciones", dijo, "y es Putin el que pisa la posible tregua". Después del engaño de los acuerdos de Minsk I y Minsk II, es poco probable que la Federación de Rusia crea o acepte una tregua de última hora. ¿En serio Stramer quiere representar una Europa a la que no pertenece frente a un país que no lo considera? Es una situación shakeasperiana, como cuando Polonio le preguntó a Hamlet qué había en el libro que estaba leyendo y el Príncipe de Dinamarca le contestó al interesado cortesano: "words, words, words". Eso es Stramer, un actual Polonio, escondido entre cortinas, que no entiende la realidad hamletiana que vive Europa, que entre ser o no ser no sabe ejercer ni una locura fingida ni tampoco puede plantarse frente a su existencia.

Imaginemos una jugada posible: Europa puede afirmarse frente a EE.UU. Trump amenaza con aumento de tarifas aduaneras, agrede a los europeos acusándolos de beneficiarse de la economía norteamericana pero sin reciprocidad. Y con ese amague logra dividir lo que no está unido, pues hay mucha Unión proclamada frente a una multiplicidad de Europas, que antes llamábamos países. De verdad, cuando lo eran. Así, el francés Macron no puede aceptar el libre comercio de productos agropecuarios ya que en apenas pocos días de tal medida un millón de productores agrícolas franceses estarían en la quiebra, y son bravos. Lo vemos con la reacción contra el acuerdo con el Mercosur. No solo por las acciones que emprenden "les agriculteurs en colère" sino porque el entendimiento franco-alemán de la posguerra también estuvo basado en el sostenimiento de la agricultura francesa como contraparte de la reindustrialización alemana.

Otra jugada posible es recomponer con Rusia. Pero la denominación de Vladímir Putin, así como la ola de rusofobia, no le dejan mucho margen a los dirigentes europeos. Hay que decir que eso ya estaba presente antes de la Operación Militar Especial desencadenada por Rusia en respuesta a los compromisos incumplidos por los occidentales. Y eso que no le faltó buena voluntad a los eslavos: bancaron los acuerdos en el convencimiento de que los acuerdos valen compromiso —pacta sum servanda—, un asunto en que los occidentales prueban, una vez más, que los pactos que realizan comprometen a los firmantes, pero no a ellos. ¿Y ahora quieren una tregua de un mes en Ucrania? Se escuchan risitas discretas en los pasillos del Kremlin. Al final salió un cese de ataques a infraestructuras energéticas, que Trump se compromete a defender en el futuro si se las entregan a EE.UU. El ejército ruso continúa con la reducción de las tropas ucranianas en Kursk y avanza a lo largo del frente, llamado línea de contacto.

Las posibles jugadas distractivas al contexto central tampoco parecen demasiado seductoras. La situación de un pilar europeo como Francia ve cómo las antiguas colonias africanas rechazan la presencia de soldados y empresas galas, en desmedro de la presencia territorial y la explotación de los recursos naturales, que son fundamentales para la industria nuclear francesa, por ejemplo. La segunda independencia de Burkina Faso, Malí, Níger —que formaron los Estados del Sahel—, más Senegal y Guinea se hará sin los occidentales o contra ellos, aun disfrazados de fundamentalistas islámicos. Allí, la democracia va de par con la liberación nacional. Como bien señalara un político de Tanzania: "Cuando vienen los occidentales nos dan lecciones, cuando vienen los chinos nos dan un hospital y una autopista".

El factor oriental

Y es que China es otra jugada, bastante compleja. La prensa europea sostiene que no es posible ser fuerte frente a China si no se es fuerte contra Rusia, en un sincericidio casi sin precedentes. Quizás en ese mismo Kremlin exista una unidad especial en masoquismo económico, destinada a develar por qué Alemania consintió la voladura de los gasoductos Nord-Stream que le proveían a su industria gas ruso abundante y barato, garante de la productividad empresaria, y prefirieron comprarle a EE.UU. el mismo producto tres veces más caro. Ni Dostoievski lo entendería, pese a su especialidad en memorias del subsuelo, en este caso político. En el frenesí de apoyo a Ucrania, que los convierte por lo menos en cobeligerantes, los británicos quieren robar los depósitos rusos depositados en Europa, y desde entonces congelados, con libre disponibilidad de intereses para servir los objetivos de la OTAN. Esta idea de utilizar los haberes rusos en Europa, cuya estimación varía entre 250 y 350 mil millones de dólares para comprar armas a EE.UU., es considerada como una brillante iniciativa por Stramer ya que con ese monto comprarían armas estadounidenses. Macron no está de acuerdo, ni tampoco los alemanes porque esa maniobra implica desconocer la propiedad de fondos soberanos de otros países, una señal que quizás China y Arabia Saudita comprendan en toda la magnitud y los haga decidir salirse de los bancos europeos.

Por otra parte, los europeos consideran que la presencia de unos cien mil soldados norteamericanos en Europa contribuye a la defensa continental, sin la cual los ejércitos nacionales pierden en capacidad de disuasión. EE.UU. le pide que paguen por ello. Así lo afirma Macron: "Hay que olvidarse de ese modelo que consiste en decir que tenemos el mercado chino para nuestros productos, que tenemos el paraguas norteamericano para nuestra seguridad y que tenemos el gas ruso a buen precio para producir". Según Le Monde, Macron llama a "un despertar estratégico de Europa", "para producir un esfuerzo de guerra sin precedentes". Quedará por saber si el rearme vale reindustrialización, lo que por cierto no va de suyo, y si los nuevos negocios no favorecerán, otra vez, al sector financiero. Por eso la jefa de la Comisión Europea, Van der Leyden, que antes de ser la eurócrata que conocemos fue ministra de Defensa de Alemania, propone el plan de rearme europeo llamado "ReArm Europe". Aunque los objetivos parecen claros, proveer a la defensa europea ante la presunta “deserción” de EE.UU. frente a la amenaza rusa, los medios anunciados son impresionantes aunque algo difusos, y su efectividad parece discutible. En efecto, sin oposición de los 27 países miembros, Von der Leyden asignó 800 mil millones de euros a tal fin; será flexibilizada la sacrosanta regla que impide déficits excesivos a los Estados miembros, tal como figura en el "Pacto de estabilidad y crecimiento", eso que ha prohibido sostener el Estado de Bienestar y proveer a la inversión social. Gastar en salud, no; pero gastar en tanques, sí. "Burro o cannoni", decía Mussolini en 1938: manteca o cañones. También abrirán líneas de crédito para financiar el presupuesto militar de cada país, después de todo, ¿quién quiere viviendas en vez de aviones de combate? El capital privado tendrá su parte, con facilidades para los inversores que prefieran los drones a las pymes. Hasta el Banco Europeo de Inversiones, creado por Jacques Attali para equiparar la productividad de los países exsocialistas con los de Occidente, será utilizado para fines bélicos. La idea es asegurar que Rusia no ataque a Europa mediante un impresionante aparato de disuasión militar. ¿Y si Rusia no tiene pensado, planeado o imaginado atacar Europa? Tiempo de leer a Dino Buzzati en "El desierto de los tártaros".

Al menos siempre será menos que el negociado por un poco más de 20 mil millones de euros que Von der Leyden acordó con Pfizer durante la pandemia para la compra de vacunas.

En efecto, la compra decidida por la alemana por mensajes de SMS y revelada por el New York Times vulnera las propias reglas de la Unión Europea en la materia. Pero la Comisión se niega a revelar esos mensajes porque los SMS son poco importantes y no constituyen documentos oficiales. El hecho de que la compra también haya favorecido a una empresa alemana deber ser… pura causalidad.

Es que han llevado demasiado lejos el principio de representación hasta la nada misma: el pueblo se expresa a través de los diputados, los diputados a través de Bruselas, los de Bruselas a través de lo que diga el Banco Central Europeo, y encima hay que bancarse a Von Leyden, quien sueña con tanques alemanes en Kursk, como deseaban los abuelitos de la Wehrmacht. Pero es probable que aquello que no funcionó en 1943 no funcione tampoco en 2025, aunque hayan pasado entretanto 27 millones de soviéticos muertos.

Historia e identidad

Así es que encontramos a nuestra pobre Europa en un momento Zigzwang. Con el que no puede quedar ni bien ni mal con EE.UU., ni mal o peor con la Federación de Rusia, ni bien ni mal con el resto del mundo. Y si decide el rearme militar, quedará mal con el propio pueblo europeo. Y ese Zugzwang tiene por origen que la culta Europa carece de identidad. Cada partida de ajedrez lleva la marca de un Gran Maestro, que es posible reconocer por las jugadas. Pero aquí no parecen poder pensar más allá de dos o tres movidas.

Es que con la energía más cara, con una inflación inédita para los europeos, con los problemas sociales sin resolver y la guerra enUcrania sin ganar, la transferencia de ingresos de los más pobres en favor de los más ricos continuaría. Antes era en nombre del neoliberalismo, ahora será en nombre de la libertad amenazada por los cosacos. Que ya visitaron París en 1814 y Berlín en 1945, pero qué importa la historia.

También les podrán echar la culpa a los inmigrantes percibidos en modo ético como una amenaza interior y no de modo político como un problema de marginalidad social en las clases populares. Lo importante es mantener la hegemonía monetaria de las clases pudientes y dirigir el odio de las clases populares hacia los inmigrantes en lo interno y a los rusos en lo externo. ¿Será suficiente argumento para el megaajuste social que supone el "rearme"? ¿Resistirán el empuje de la extrema derecha que clama por medidas negativas pero comprensibles? Pero aun peor en la perspectiva internacional, ¿a quién le importa Europa?

En el fondo, el problema reside en la identidad. Ya no sabe lo que es. No es la Europa del Siglo de las Luces, aquel de la ilustración y la división de poderes, encinta de sufragio universal. Tampoco es la Europa colonial de la "era del imperialismo", como la definió Eric Hobsbawn. Tampoco es la de las guerras mundiales, ni la del Estado de Bienestar de la posguerra, cuando todavía era una potencia capaz de hablar en otros términos con EE.UU. y la Unión Soviética. Ni siquiera es la Europa neoliberal, financiarizada y privatizadora, que destruyó el modelo de desarrollo industrial y no supo ni quiso reemplazarlo por nada.

Las élites embruseladas discuten si hay que actuar sobre las consecuencias sociales o no. La guerra contra Rusia es la coartada por no tener proyecto político propio. Nadie discute las causas. Por esas razones, los errores y horrores que comenten las élites europeas son merecedoras de muchas páginas de "Los endemoniados". Les toca mover y no saben qué hacer: están en Zugzwang.


Este artículo fue publicado originalmente en el medio Tektónikos el 30 de marzo de 2025.

— Somos un grupo de investigadores independientes dedicados a analizar el proceso de guerra contra Venezuela y sus implicaciones globales. Desde el principio nuestro contenido ha sido de libre uso. Dependemos de donaciones y colaboraciones para sostener este proyecto, si deseas contribuir con Misión Verdad puedes hacerlo aquí<