Los sucesos del sábado 3 de enero son archiconocidos; por ende, no haremos una reseña de los acontecimientos. Más bien, apuntaremos las razones de fondo del ataque estadounidense en suelo venezolano y secuestro del presidente Nicolás Maduro y la primera dama Cilia Flores.
Más allá de la condena ética, persiste una pregunta necesaria: ¿Por qué EE.UU. llegó al extremo de tomar una decisión de esta magnitud en pleno siglo XXI, a todas luces nocivo vistos los resultados políticos tanto en el país norteamericano como en Venezuela?
La respuesta no está en los discursos de Trump ("vamos a gestionar Venezuela") ni en los eslóganes de Pete Hegseth y MarcoRubio. Más bien se pueden argumentar varias respuestas, todas nucleadas alrededor de un documento que anunció las acciones estadounidenses con frialdad técnica semanas antes: la Estrategia de Seguridad Nacional 2025 (ESN).
El Corolario Trump: cuando la soberanía es una oferta coercitiva
La ESN es un acto político que reconfigura las reglas del juego en el hemisferio occidental. En sus 33 páginas, introduce lo que ha llamado el "Corolario Trump a la Doctrina Monroe", donde no define si un Estado es soberano o no, sino de qué tipo de soberanía cuenta como legítima para el orden hemisférico estadounidense.
Sin duda, se trata de una afirmación ontológica dentro del régimen de excepción que Trump 2.0 intenta establecer en esta parte del mundo.
Porque la legitimidad ya no depende del régimen interno ni del cumplimiento de normas internacionales, sino de su compatibilidad con la cadena de valor estadounidense. La ESN lo formula sin ambigüedades:
- "Negaremos a competidores no hemisféricos la capacidad de posicionar fuerzas u otras capacidades amenazantes, o de poseer o controlar activos estratégicamente vitales, en nuestro Hemisferio" (p. 15).
- "Los términos de nuestros acuerdos (…) deben ser contratos de fuente única para nuestras empresas" (p. 19).
- "Debemos hacer todo lo posible por expulsar a empresas extranjeras que construyan infraestructura en la región" (p. 19).
Esto implica que la soberanía de otros se mide por su capacidad para no interferir y, preferiblemente, facilitar los intereses vitales de EE.UU.
Un Estado puede ser plenamente reconocido por la ONU, celebrar elecciones y tener control territorial. Pero si permite que una empresa china construya un puerto, una mina o una red 5G, su soberanía se vuelve funcionalmente ilegítima. Bajo este horizonte conceptual nos hemos referido con la soberanía funcional en un análisis especial sobre el documento.
Venezuela encarna el desafío máximo para esta doctrina: es el caso-límite. Mantiene alianzas estratégicas con China, Rusia e Irán; controla recursos críticos sin entregar su gestión a capitales alineados; y ha desarrollado mecanismos de intercambio que eluden el dólar y las cadenas de valor estadounidenses.
En este vacío estructural —donde un país es soberano según el derecho internacional, pero ilegítimo según la lógica imperial— cualquier medida contra él se vuelve "razonable". Según la razón impuesta por Washington, no por analogía sino por relación funcional:
- Las sanciones son "medidas de contención".
- El cerco económico es "restablecimiento de condiciones mínimas de estabilidad".
- La agresión militar es "prevención de amenazas".
Y el secuestro de un presidente constitucional, en este marco, no es una violación de la soberanía: es una operación técnica de gestión del riesgo. Es por esto por lo que la ficción del "Cartel de los Soles" ya no es necesaria en el marco de las justificaciones violatorias.
El derrumbe del petrodólar
El quid de la cuestión no son las reservas petroleras de Venezuela —aun siendo las más grandes del mundo, por lejos—, sino en qué moneda se comercian. Como señala el analista Pepe Escobar:
"El corazón del asunto no son las reservas petroleras de Venezuela per se, sino el petróleo denominado en dólares. Imprimir papel higiénico verde infinito —intrínsecamente sin valor— para financiar el complejo industrial-militar implica que el dólar siga siendo la moneda de reserva global, incluido el petrodólar".
Venezuela, para lograr un marco de resistencia a las sanciones ilegales —de manera efectiva o no, es otra discusión—, rompió el cerco financiero. La integración al sistema chino CIPS, el mecanismo SWIFT que está comenzando a proyectar como una alternativa real al dolarcentrismo sistémico, creaba las condiciones para que el crudo se pagara en yuanes, rublos o una cesta respaldada por oro.
Ese paso no era técnico, sino la primera brecha real en el monopolio del dólar petrolero desde 1974.
El petrodólar es el pilar material del poder estadounidense, junto con la industria y proyección militar padecida. Sin aquel, EE.UU. no puede financiar su déficit (6-7% del PIB), ni su deuda (más del 120 % del PIB), ni su gasto militar (1,5 billones de dólares para este año).
El secuestro de Maduro así buscaba detener la fuga del dólar en el comercio petrolero global, mientras aseguraba el control sobre Citgo para entregarla al fondo del buitre financiero Paul Singer (Elliot Investment Management). La filial de PDVSA en EE.UU., asimismo secuestrada por el marco sancionatorio, es una infraestructura crítica de poder energético. Su entrega forma parte de una reconfiguración del hemisferio, a tono con lo referido en la ESN.
La ficción financiera-especulativa y el esqueleto del saqueo
El capitalismo contemporáneo, especialmente en su variante estadounidense, ha entrado en una fase en la que el valor ya no se produce principalmente en la esfera productiva, sino en la especulación financiera.
Desde los años 1970, y de forma acelerada tras la crisis de 2008, la economía de EE.UU. se ha desmaterializado: su riqueza se basa en derivados, algoritmos, deuda soberana y la financiarización de la vida cotidiana. Este proceso no crea valor nuevo (en términos marxianos), sino que redistribuye y anticipa valor futuro mediante mecanismos ficticios.
El valor en el capitalismo actual sigue estando fundado en el trabajo humano; continúa teniendo raíces materiales. La paradoja radica en que, mientras el capital financiero-especulativo, transado en Nueva York, se aleja de la producción, necesita con urgencia reapropiarse de espacios reales de riqueza material para sostener su ficción.
Venezuela —con las mayores reservas petroleras del mundo, oro, coltán, biodiversidad estratégica y soberanía energética— representa un territorio de rescate ontológico para un capital que ya no sabe cómo crear valor.
Por ello nunca se ha tratado de "liberar" a Venezuela, sino de reintegrar sus recursos a la órbita de la acumulación estadounidense, despojándola de su capacidad de resistencia.
La historia del capitalismo ha estado marcada por ciclos de expansión y crisis. Pero hoy el sistema enfrenta una crisis estructural de acumulación: los mercados están saturados, la tasa de ganancia cae y la innovación tecnológica ya no reactiva la producción, sino que destruye empleo y valor, según la investigación de los datos empíricos expuestos por los investigadores Güney Işıkara y Patrick Mokre (en su libro de 2025 Marx’s Theory of Value at the Frontiers, reseñado por el economista inglés Michael Roberts).
En este contexto, el capital ya no puede expandirse "por dentro", sino solo "por fuera": mediante desposesión, guerra y reconfiguración forzada de fronteras. De este horizonte de análisis, Işıkara y Mokre confirman que el ataque estadounidense contra Venezuela no fue una aventura militar aislada. Veamos.
Entre 1990 y 2020, 70 billones de dólares —el 5,9 % del producto global anual en industrias productivas— se transfirieron del Sur Global al núcleo imperial, con EE.UU. y Japón como principales beneficiarios. México, Brasil, Indonesia y Rusia son grandes "donantes netos" de valor. Esta transferencia no se debe solo a la explotación laboral, sino también a diferencias en la composición orgánica del capital (tecnología, productividad).
Sin embargo, el caso de Venezuela es distinto: al nacionalizar sus recursos y resistir la lógica extractivista neoliberal, se ha convertido en un obstáculo definitorio para la reproducción del capital occidental. No solo no entrega valor; lo retiene. Por eso, la única forma de reintegrarlo al circuito de acumulación es mediante la fuerza o el cambio de régimen (algo que no logró concretar con el secuestro del presidente Maduro).
Bajo este marco, el despliegue militar en el Caribe es, esencialmente, la materialización de la lógica del capital estadounidense en su fase terminal; cuando ya no puede negociar, sino imponer su régimen de excepción: Washington solo gana porque es más depredador.
Venezuela, al negarse a ser un "espacio de explotación", se convirtió en un obstáculo sistémico. Su eliminación —política, jurídica, física, como posibilidad de alternativa— era una necesidad estructural del capital imperial en su fase terminal.
Y aquí radica la paradoja letal: cuanto más exige EE.UU. que otros sean "funcionales", más evidente se vuelve su propia disfunción. Su economía depende de déficits insostenibles; su clase media, de la que depende su estabilidad interna, está pulverizada; su cohesión política, fracturada por una oligarquía tecnocrática que gobierna desde los algoritmos y los fondos de inversión.
El discurso de America First revela, en el fondo, una profunda inseguridad: es la voz de quien teme perder el control. Por ello, Trump (y Rubio y Miller y etc.) buscaba un golpe de efecto que pudiera soliviantar el propio ánimo narcisista.
La debacle civilizatoria
Pero más allá de lo económico, la operación del 3 de enero revela algo aún más grave: el colapso civilizatorio del proyecto estadounidense.
Trump, Rubio y Hegseth no invocaron la Carta de la ONU, ni el derecho internacional, ni siquiera el pretexto del "libre comercio". Lo justificaron con una retórica apocalíptica, con las etiquetas removibles del narcotráfico, el terrorismo y las "amenazas inminentes".
Esta retórica es el lenguaje de una potencia que ha perdido su brújula, que ya no sabe qué futuro ofrecer al mundo; ni siquiera a sus propios ciudadanos.
Y detrás de la retórica, está la práctica: más de 100 personas asesinadas en el Caribe —entre venezolanos, colombianos, trinitenses, etc.— sin juicio, sin testigos, sin base legal; el uso de drones, bombarderos y marines sin autorización del Congreso; la invención de la categoría de "combatientes ilegales" para evadir las Convenciones de Ginebra. Se trata de ejecuciones extrajudiciales encubiertas bajo el pretexto de la "guerra contra el narcotráfico", pero que en la práctica constituyen operaciones de carácter militar dirigidas desde el alto nivel político estadounidense.
Y el ataque contra Venezuela representa la lógica última de un sistema sin proyecto: cuando ya no puede seducir, intimida; si ya no puede convencer, elimina.
Porque, a todas luces, EE.UU. enfrenta una crisis de legitimidad civilizatoria. El capitalismo estadounidense prometió democracia, progreso y bienestar, pero ha generado desigualdad extrema, racismo sistémico, destrucción ecológica y una cultura del individualismo depredador. La clase media se desintegra; la esperanza de vida disminuye; la salud mental colapsa. El modelo ya no seduce ni siquiera en su propio territorio.
Frente a esta pérdida de hegemonía cultural, el establishment recurre a una religión sustituta: el nacionalismo imperial. La "Doctrina Donroe" y el MAGA son consignas políticas, sí, pero sobre todo ritos de duelo por una grandeza perdida. En este contexto, Venezuela se convierte en el chivo expiatorio perfecto: su demonización y amenaza de destrucción permite —en teoría— reunificar simbólicamente a una sociedad fracturada.
Esta lógica se expresa en una racionalidad necropolítica (tomando nuevamente el concepto de Achille Mbembe): el poder ya no gestiona la vida, sino que decide quién puede ser encarcelado sin juicio, secuestrado sin derechos o bombardeado sin justificación. Nada de lo ocurrido el 3 de enero fue un incidente aislado, sino la normalización de la excepción. La política exterior estadounidense se ha convertido en terapia colectiva para una civilización en duelo, donde cada amenaza militar es un acto de fe en un poder que ya no cree en sí mismo: solo en la fuerza, y de ahí lo peligroso (que ya es mucho decir).
Sobre todo, frente a la oligofrenia de un ricachón narcisista instalado en la Casa Blanca que encarna a la perfección la desesperación imperial.
El espejo roto
El 3 de enero no fue un "golpe exitoso": lo podemos comprobar en las calles de Venezuela, en la estabilidad política provista por la continuidad administrativa del Estado con la presidenta (e) Delcy Rodríguez al frente. Pero sí fue la primera ejecución pública del Corolario Trump, más allá del despliegue caribeño: una doctrina que reemplaza la soberanía jurídica por la soberanía funcional, el derecho internacional por la gestión técnica del riesgo y la diplomacia por la coerción estructural.
En ese acto de fuerza, EE.UU. reveló su debilidad más profunda: ya no puede imponer su orden mediante el consenso, ni siquiera mediante el miedo sostenido. Necesita secuestrar presidentes, asesinar civiles a mansalva y fabricar enemigos existenciales para mantener la ilusión de control.
Bajo este régimen de realismo imperial, Venezuela constituye una excepción histórica —imperfecta, contradictoria, pero real— que ha logrado, contra todo pronóstico, mantener el control estatal sobre sus recursos estratégicos.
Lo que representa un peligro para los intereses estadounidenses y para el orden depredador que ha sostenido al capital occidental durante décadas.
Podríamos afirmar, sin sospecha demagógica o meramente propagandística, que no se temía a Maduro, sino a que su ejemplo se multiplicase.
Y en eso, el fracaso ya está escrito: mientras Venezuela siga existiendo —repetimos: como posibilidad de alternativa—, el orden funcional del imperio decadente no estará completo.