La crisis de seguridad en el estrecho de Ormuz sigue distorsionando las cadenas de suministro globales. Desde la arremetida militar de Estados Unidos e Israel contra Irán, la nación persa ha empleado su máximo disuasivo geopolítico al impedir de facto el tráfico por este corredor crítico. Desde entonces ha ocurrido un proceso de remodelación en la arquitectura de seguridad en el paso estratégico.
El cierre también va de la mano con la destrucción parcial o total de 16 bases estadounidenses en ocho países de la región, realidad que desfiguró el pie de fuerza norteamericano en Asia Occidental y debilitó su proyección en este enclave repleto de energía y materias primas cruciales.
Es probable que el statu quo del estrecho de Ormuz haya cambiado para siempre. Irán se ha erigido con una capacidad de disuasión y de aplicación de presión inédita. Se trata de un ejercicio de poder al cual no van a renunciar pues en el corto o mediano plazo cualquier arremetida militar que amenace su existencia desembocará nuevamente en el cierre de esta arteria, lo cual altera la correlación energética de cara al futuro.
En consecuencia, las estructuras de suministro han dejado de ser lo que alguna vez fueron y, por ende, los grandes consumidores de petróleo deben ajustarse a nuevos escenarios.
En la carrera por la supremacía económica, la estabilidad y la seguridad energética pasan a ser factores neurálgicos. Estados Unidos y la República Popular China tienen una configuración que ha quedado expuesta en el cuadro de inestabilidad reciente. La coyuntura ha producido un debate sobre cuál de las dos principales potencias mundiales ha sufrido más a expensas de la crisis y cómo quedan al relieve sus vulnerabilidades en caso de una guerra a gran escala que afecte de manera dramática los corredores energéticos.
LOS DATOS DUROS
Estados Unidos mantiene el liderazgo mundial en producción de petróleo al haber alcanzado un nuevo récord histórico en 2025 con un promedio de 13,6 millones de barriles diarios (mb/d) de crudo. China, por su parte, registró un nivel histórico al situarse en aproximadamente 4,6 mb/d a principios de este año.
En cuanto a consumo de barriles, Estados Unidos lidera con más de 20 mb/d, que representan casi 20% del consumo mundial. China se sitúa en segundo lugar, con un número superior a los 16 mb/d, lo que equivale a aproximadamente 16% de la demanda global.
Los datos sugieren que, en cuanto a la relación de consumo versus producción interna, China se encuentra en desventaja. Esto refiere únicamente al petróleo dado que las fuentes de energía primaria en China se han diversificado considerablemente, incluido el gas, carbón, nuclear y otras fuentes renovables como las eólicas y solares.
China es el principal importador de petróleo del mundo en estos momentos y gran parte de esa vulnerabilidad estratégica se explica mediante sus grandes adqisiciones de crudos desde los países de Asia Occidental que hoy están sumidos en la inestabilidad. Antes de la crisis y el cierre del estrecho en 2026, aproximadamente 40% a 45% del petróleo que China importaba transitaba por el estrecho de Ormuz, unos 5,5 mb/d.
Estados Unidos, por su parte, ha contado con su gran producción interna, pero se surte de productos desde Canadá, México, Venezuela, Colombia y Guyana —mediante el saqueo de crudo esequibano bajo reclamación—, como principales proveedores regionales. Mientras que Arabia Saudita es el principal proveedor desde la región de Asia Occidental.
Durante muchos años Estados Unidos realizó inmensas importaciones diarias de crudo desde esa región, historia que ha cambiado considerablemente. La nación norteamericana se ha afianzado en su estrategia de "independencia energética" y ha sustituido con producción nacional muchos crudos livianos que traía desde la lejana península arábiga. Durante 2025 Arabia Saudita apenas colocó unos 300 mil b/d en suelo estadounidense.
En apariencia, Estados Unidos luce con mejores ventajas para afrontar un cuadro de inestabilidad prolongada y crisis en Asia Occidental, pero la realidad no es tan simple.
LAS VENTAJAS DE CHINA
Estados Unidos posee una capacidad de almacenamiento de 700 millones de barriles (mb). Sin embargo, la baja estructural de sus reservas estratégicas es sostenida y pronunciada. A finales de 2025, la cifra de inventario alcanzaba los 400 mb.
China, en cambio, posee una capacidad de depósito de 1 400 mb en diversas modalidades de inventarios. Esto no incluye solamente los tradicionales patios de tanques. La nación asiática ha tomado medidas drásticas como el almacenamiento masivo de barriles bajo tierra, haciendo grandes excavaciones sometidas a ingeniería para convertirlas en depósitos subterráneos. La magnitud de estas infraestructuras es simplemente brutal.
Tales reservas cubren más de 220 días de importaciones netas, lo cual supera con creces los 90 días recomendados internacionalmente.
A finales de 2025, según estimaciones, China tenía sus inventarios en alto nivel. La nación asiática había acelerado la compra masiva de crudo para llenar sus depósitos, especialmente luego de los primeros ataques de Estados Unidos contra Irán de junio de 2025.
China cuenta con rutas de suministro alternas a Ormuz, que incluyen oleoductos como el ESPO (Siberia-China), oleoducto de Myanmar y Kazajistán-China, que cruza Asia Central.
Otras rutas incluyen el paso del Ártico, un nuevo nodo de actividad de embarcaciones rusas.
Entretanto, Emiratos Árabes Unidos ha habilitado el oleoducto Habshan-Fujairah (Adcop), que transporta crudo desde sus yacimientos interiores hasta el golfo de Omán, que evita la necesidad de transitar el estrecho de Ormuz, desde donde han despachado productos a China.
Arabia Saudita utiliza su oleoducto Este-Oeste Petroline, el cual conecta Abqaiq en el golfo Pérsico con el puerto de Yanbu en el mar Rojo, con potencial de despachar unos 7 mb/d.
El cierre doble en Ormuz es una especie de trombosis en el sistema de flujo energético internacional. El sistema circulatorio global ha sufrido una disrupción, pero no está plenamente paralizado.
Irán comprende perfectamente estas dinámicas y de ahí la importancia de su posicionamiento actual desde el uso de la fuerza y la ventaja geográfica en el corredor crítico. La nación persa sigue ofreciendo productos a China pese a la gran presión militar norteamericana.
Los funcionarios de la revolución islámica entienden que los alcances reales de sus acciones están en el ámbito comercial internacional y su conjugación en el tiempo, siendo esos factores que delinean las correlaciones políticas y presiones internas en el frente interno estadounidense.
Hace poco la analista Rosemary Kelanic, del think-tank estadounidense Defense Priorities, afirmó que incluso con una producción de petróleo récord, Estados Unidos sigue expuesto al encarecimiento global del crudo porque los shocks de oferta se trasladan rápidamente hacia su mercado interno.
Sube la gasolina, aumenta el costo del transporte, aumentan los productos y se enfría el consumo. En una economía muy dependiente del automóvil y menos desacoplada del petróleo que China, el impacto puede sentirse con más fuerza. En apenas unos meses las previsiones sobre la economía estadounidense han pasado del crecimiento a la desaceleración y a riesgos altos de recesión.
El problema para Trump es que el tiempo juega en contra. Con el Brent disparándose hasta 126,41 dólares antes de retroceder, y con la crisis en Ormuz manteniendo la volatilidad del mercado, una disrupción prolongada del suministro y de los precios puede aumentar la inflación y debilitar el margen de maniobra de Washington frente a Irán.
China, en cambio, está abordando la crisis de manera muy diferente. Ante el aumento de tensiones geopolíticas, Beijing ha autorizado a refinerías a utilizar las reservas comerciales del país disponibles en inventarios, liberando desde 1 mb/d para garantizar el suministro interno, decisión que contiene la exposición al mercado internacional en alta volatilidad.
No están dejando de comprar sino que están comprando con moderación estratégica —buscando descuentos entre proveedores sancionados como Rusia e Irán— y están utilizando y comercializando parte de sus inventarios en depósitos, a precios asequibles, para no sumirse por completo en la inestabilidad del precio internacional.
China también ha suspendido coyunturalmente la venta de combustibles líquidos al extranjero.
A nivel de precios al consumidor, el Estado ha asumido el subsidio parcial de los combustibles, lo que mitiga entre 10 y 15% el recargo del precio. También han aplicado regulaciones y tope en los precios, logrando bajas considerables. En efecto, China es el país industrializado cuyos ciudadanos han sufrido en menor medida los embates del precio de los combustibles líquidos.
Otro detalle significativo es el auge de los vehículos eléctricos (EV), los cuales han hecho disminuir la refinación de crudo para producir combustibles líquidos para el sector transporte en razón de más de 1 mb/d.
La principal diferencia entre Estados Unidos y China frente a escenarios como el actual está en que en el país norteamericano el consumidor paga directamente el costo de las crisis mundiales.
Pero en la nación asiática el gobierno absorbe el golpe financiero a través de sus refinerías estatales, mitiga la crisis mediante su matriz de consumo energético, regula el mercado interno y, además, utiliza su infraestructura de almacenamiento para dictar sus propios precios internos.
CHINA, EN PERSPECTIVA DE LARGO PLAZO
Ante el contexto actual, da la impresión de que China "se ha estado preparando desde hace mucho" para escenarios como este. Eso es claramente cierto. Lo más interesante es que el enfoque estratégico de la República Popular seguirá en una dirección similar para los próximos años.
En 2003, Hu Jintao, entonces presidente chino, identificó el llamado "Dilema de Malaca", la vulnerabilidad estratégica de China ante su alta dependencia del estrecho de Malaca para importar su petróleo, o al menos fue así hace 20 años.
Este paso entre Indonesia y Malasia de 2.7 km de ancho en su punto más angosto, es crucial para el comercio. Más del 25% del comercio mundial y el 80% del petróleo de Asia transitan por allí al día de hoy.
Se trata de un sensible punto débil ante un posible bloqueo naval. China teme que, en un conflicto, rivales como Estados Unidos, bloqueen este estrecho, provocando un colapso económico.
El Dilema de Malaca ha sido el que ha dado sentido a otras grandes iniciativas de China y a la congruencia de su política exterior con otros actores como Irán y Rusia.
Ello explica los corredores logísticos de la Franja y la Ruta que conectan a China, al Indico y Eurasia, la ruta marítima comercial del Ártico en conjunto con Rusia, el corredor ferroviario Irán-China en el corazón de Asia, el oleoducto de Myanmar, el oleoducto de Kazajistán, entre otros proyectos de diversas escalas, todos diseñados para mitigar las vulnerabilidades que podrían surgir ante un deterioro de las condicione de seguridad en el Indo-Pacífico.
Esto sugiere que China probablemente se esté preparando para escenarios de confrontación directa con Occidente (Estados Unidos en primer plano). En esas circunstancias las yugulares comerciales y energéticas jugarán un rol crucial.
El autoabastecimiento, la diversificación energética y la multiplicación de los corredores críticos, serán factores decisivos. Estados Unidos, y especialmente China, lo entienden así. El actual cierre en Ormuz ofrece una perspectiva y panorámica presente que deja importantes lecciones.