Vivimos en las horas fantasmales de una civilización que está muriendo, pero que se niega a rendirse. Durante casi dos décadas, el clero financiero mundial ha mantenido una ficción colectiva basada en la metadona monetaria. Cuando los engranajes de la acumulación global se detuvieron bruscamente en 2008, nos dijeron que la "Gran Crisis Financiera" era una anomalía estructural, un fallo temporal en la matriz de la eficiencia del libre mercado (una mentira descarada que la mayoría de nosotros nos creímos con mucho gusto). En 2008, las placas tectónicas de la forma-valor capitalista se abrieron de par en par. El sistema nunca se recuperó; se le mantuvo con vida artificialmente.
La estrategia era brutalmente sencilla: trasladar las pérdidas catastróficas de un sector bancario privado parasitario directamente a los balances públicos, intensificando e instrumentalizando las emergencias. En un intento desesperado por mantener la ficción de la riqueza, una crisis de la banca comercial se convirtió en una crisis de deuda soberana: socializaron la podredumbre. Al llevar los tipos de interés a mínimos históricos y desatar un aluvión de liquidez del banco central respaldada por crisis globales, le concedieron al sistema un último ciclo, inducido por la droga.
Pero todo esto tuvo un coste irreparable, y el camino de vuelta hacia arriba es ahora una trayectoria de pura destrucción. Hoy en día, el vertiginoso aumento de los rendimientos de la deuda soberana (bonos del Tesoro de Estados Unidos, gilts del Reino Unido, deuda de la periferia de la zona del euro) expone una verdad que los políticos y los responsables de los bancos centrales se esfuerzan desesperadamente por ocultar: el manual de políticas monetarias ha llegado a su límite absoluto. La razón es sencilla: no se pueden seguir transfiriendo pérdidas a unos gobiernos que ya se están ahogando en su propia deuda. La ficción del contrato social se está desmoronando por todas partes.
La verdadera liberación de nuestra constelación en desintegración no consiste en sustituir un sistema de normas, medidas y valores por una versión ligeramente mejor. Se trata de crear una experiencia diferente del límite en sí mismo: cultivar una forma de vida que exista más allá de la propia lógica de la validación económica normativa, aunque solo sea como una interrupción persistente de la misma.
Nuestro Dios ciego
Para comprender por qué esta crisis es irremediable, debemos ir más allá de los indicadores financieros superficiales y enfrentarnos a la lógica subyacente de nuestro vínculo social. Debemos fijarnos en la forma-valor: la matriz inconsciente y automática que dicta la vida humana moderna.
El capitalismo no es un sistema diseñado para satisfacer las necesidades humanas básicas; es un motor automatizado impulsado por una compulsión singular y patológica: la transformación interminable del trabajo humano en valor abstracto, representado por el dinero. Es lo que Marx denominó el "sujeto automático": un sistema en el que los seres humanos son meros funcionarios al servicio de una deidad ciega y en constante expansión; un vampiro que se alimenta de la combustión de la energía humana. Y esta máquina de beneficios siempre ha funcionado reprimiendo su propia finitud, negando que esté limitada históricamente. En los últimos tiempos, la represión se ha convertido en negación de la realidad: la ilusión psicótica de que las cosas funcionan bien incluso cuando se derrumban ante nuestros ojos.
La tragedia del capitalismo tardío es que ha logrado automatizarse hasta vaciarse de su propia esencia. Al hiperacelerar la productividad tecnológica, el sistema se ha ido despojando progresivamente de la biomasa de mano de obra humana necesaria para crear valor en primer lugar. Durante décadas, la creación real de riqueza ha estado en un declive irremediable. Entonces, ¿cómo se mantiene con vida un sistema adicto al crecimiento cuando su motor de producción de valor se está apagando? Se sigue añadiendo dinero creado de la nada, al tiempo que se intenta "gestionar" tanto la legitimidad de dicha operación como sus consecuencias. Como la mayoría de la gente ni siquiera se molesta en intentar comprender esta lógica, a las élites les resulta relativamente fácil ponerla en práctica. Pueden seguir mintiendo sobre las "incertidumbres globales" que hacen posibles sus políticas. ¿Te has preguntado alguna vez por qué les encanta decirnos, con solemnidad shakesperiana, que "vivimos en un mundo más volátil, más propenso a las crisis", como si estas crisis fueran simplemente un trágico giro del destino?
Volviendo a la realidad, el aumento desmesurado de la deuda (desde el sector privado hasta las cuentas públicas) no es más que una simulación alucinatoria de la creación de valor. Los mercados de capitales ya no valoran la capacidad productiva real; comercian con fantasmas, apostando por un valor futuro que nunca se ha materializado ni se materializará jamás. Las montañas de deuda soberana son un monumento matemático a un paradigma económico ya obsoleto.
La distribución de las pérdidas
Ahora, incluso la alucinación se está desmoronando. Hemos llegado a la fase en la que hay que rendir cuentas de la riqueza simulada, y las facturas están a punto de vencer. Dado que las pérdidas ya no pueden descargarse sobre un sector público en bancarrota sin destruir el propio sistema financiero, es poco probable que la siguiente fase se parezca a otro rescate convencional; es más probable que adopte la forma de una distribución sistemática y catastrófica de dichas pérdidas. Una fase de depredación descarada: el cierre de un círculo en el que el capital vuelve a sus violentos orígenes (la acumulación primitiva).
Estamos entrando en una era de graves crisis monetarias, controles de capital y el uso de la infraestructura jurídica como arma para llevar a cabo el saqueo definitivo tanto de los ciudadanos particulares como de los públicos. La arquitectura jurídica y financiera se está rediseñando entre bastidores. Con el pretexto de garantizar la "estabilidad sistémica", las garantías de los ciudadanos de a pie, los fondos de pensiones y los activos públicos se están preparando para ser absorbidas por las cámaras de compensación de la élite financiera cuando estallen las burbujas de la deuda y los derivados. Este es el desenlace lógico de un sistema que ha pasado de los rescates de entidades "demasiado grandes para quebrar" al rediseño arquitectónico.
El impulso para digitalizar y regular el sistema financiero a través de leyes como la Ley GENIUS y la Ley CLARITY contribuye a crear una arquitectura financiera más centralizada y programable. En situaciones de crisis, esa arquitectura puede funcionar como un mecanismo para concentrar el poder y formalizar la distribución de las pérdidas hacia abajo. Se trata del instinto de muerte que opera a nivel del sistema: el capital debe consumir sus propios cimientos para sobrevivir un día más. Cuando el sujeto automático ya no puede expandirse a través de la producción, debe hacerlo a través del control y, finalmente, a través del canibalismo.
De la compulsión por el valor a la seducción del límite
A medida que este sistema artificial de soporte vital nos falla, nos quedamos mirando fijamente al abismo. El capitalismo no es solo un sistema económico: es nuestra infraestructura psíquica. Ha instrumentalizado nuestros impulsos más profundos, canalizando nuestra energía libidinal hacia las obsesiones de la acumulación, la competencia y el estatus. Nos da una razón para levantarnos por la mañana… y luego nos patologiza por necesitarla.
A medida que la forma-valor se derrumba, va desprendiendo la fina capa de la civilización burguesa, dejando al descubierto un núcleo duro y destructivo. Cuando a las personas se les priva de la capacidad de participar en el mercado (cuando ya no pueden definirse a sí mismas a través del trabajo, el consumo o el estatus), la energía reprimida de las pulsiones no desemboca en un idilio pastoral. Vuelve en forma de violencia pura e inmediata: guerra, nacionalismo virulento, racismo, barbarie y decadencia cotidianas, una guerra global de todos contra todos y la erosión de las pocas alegrías espontáneas que quedan. El colapso del sistema está desatando pulsiones crudas y destructivas que hemos tardado siglos en aprender a canalizar, por muy brutalmente que sea, hacia los rituales de explotación y acumulación que, ocasionalmente (y siempre a costa de la violencia sistémica), generaban un vínculo social cohesivo.
Por eso no podemos permitirnos el lujo de un utopismo ingenuo: la envidia humana, la agresividad y la obstinada persistencia del inconsciente no pueden eliminarse mediante un edicto de igualitarismo puro. Si fingimos que podemos crear una sociedad sin fricciones y perfectamente transparente, estamos invitando precisamente a esa barbarie que pretendemos evitar. Como comprendió Freud, no podemos simplemente abolir las pulsiones; solo podemos redirigir su energía hacia canales menos destructivos.
La única salida es una reorientación colectiva. Aunque debemos abandonar la forma-valor, no podemos limitarnos a decidir por voluntad propia adoptar un nuevo modo de ser. Debemos empezar a diseñar una arquitectura social que preserve y reoriente nuestras pulsiones inconscientes hacia nuevas formas generativas. Esto significa alejar el ámbito de la rivalidad humana de la acumulación de abstracción material y orientarlo hacia otras formas de deseo colectivo: el juego, la destreza, la creatividad, el cuidado y la producción recompensada para satisfacer las necesidades. Una sociedad en la que el reconocimiento social y el prestigio no se deriven de lo que uno acumula, gasta o debe, sino de lo que uno aporta al trabajo compartido de la vida cultural y material.
¿Cómo hacerlo, entonces? El futuro no es un plan preestablecido, sino un salto: una transición históricamente necesaria hacia una nueva forma de mediación social que, en esta etapa, solo puede ser tentativa e intuitiva. La alternativa aún no tiene nombre, porque debe ser una lucha emancipadora, no un nuevo modelo que se imponga desde arriba. La dirección, sin embargo, está clara: debemos recuperar una vida más convivencial basada en lo que necesitamos (lo que Iván Illich denominó la recuperación de la autonomía personal y la interdependencia creativa).
El afán de lucro se desencadena por la percepción que tiene el capital de sí mismo como una sustancia en constante carencia: el capital nunca tiene suficiente de sí mismo, y esa carencia, o insatisfacción, es precisamente lo que lo mantiene en movimiento. Esto es lo que Hegel denominó "infinito negativo": la ilusión de la autoexpansión eterna, que en realidad no es más que la compulsión a repetir. Debemos aprender a canalizar nuestras frustraciones no hacia el crecimiento infinito de un indicador canceroso, sino hacia el dominio compartido de nuestros propios límites: la alegría de vivir bien dentro de los límites, en lugar de fingir que no existen. Si aprendemos a hacerlo, el límite dejará de ser una fuente opresiva de ansiedad y se convertirá, en cambio, en una fuente de deseo socialmente generativa.
Esta es, pues, la apuesta que Lacan nos permite formular: el objeto del deseo no es una cosa que se pueda poseer, sino una brecha para ser retenida; un espacio de atención colectiva, curiosidad e in(ter)vención. La forma-valor confunde la brecha con una carencia que puede colmarse (de ahí la compulsión interminable por acumular). Una sociedad posvalor no aboliría el deseo ni las pulsiones, por supuesto, pero cambiaría su objeto: de la posesión imposible de la Cosa a la Cosa imposible como atracción compartida del límite mismo.
Para Baudrillard, esta es la lógica de la seducción: una relación simbólica de reversibilidad y juego. Se opone radicalmente a la lógica irreversible y lineal de la producción que impulsa la forma-valor y la idea moderna de progreso, al tiempo que domina cada vez más nuestras relaciones sociales vacías y atomizadas. La seducción nos recuerda que el vacío (la imposibilidad última de atribuir un significado definitivo a lo que existe) no es una carencia que haya que colmar, sino una atracción que hay que atesorar y compartir a través de las inevitables frustraciones que conlleva ese compartir.
El sistema se está autodestruyendo y pretende utilizar nuestras vidas como combustible. Podemos hundirnos junto con el sujeto automatizado en una era oscura de saqueos depredadores y violencia descarnada, o podemos reunir el valor para salir de la rueda y aprender a jugar un juego completamente diferente.
Este artículo fue publicado originalmente en inglés el 7 de septiembre de 2026 en el Substack de Fabio Vighi y fue traducido para Misión Verdad por Spoiler.