Reunir a dos partes (por no hablar de tres) que tienen historias muy dispares y aún menos puntos en común a la hora de trazar su futura trayectoria nacional, hacía intrínsecamente improbable que se llegara a un acuerdo. Lo más probable en encuentros tan mal preparados suele ser un recuento, a menudo en tono agrio, de la falta general de coincidencia.
Así ocurrió en las “conversaciones” celebradas el mes pasado en Islamabad entre Estados Unidos e Irán (con Israel actuando como intermediario de unas "fuerzas colectivas" que intentaban “forzar el desenlace” (una hegemonía regional del Gran Israel)), al exigir, en la práctica, un control territorial regional masivo (y sin restricciones) para Israel.
Para que esas conversaciones tengan sentido, tendrían que plasmar un nivel subyacente de acuerdo entre las partes (si es que se logra alcanzar). De lo contrario, lo mejor que podría salir de ellas serían acuerdos informales que nunca se concretarían, pero que, en ese momento, podrían satisfacer los intereses de las partes implicadas. Esos entendimientos duran lo que duran. Y ya está.
Esmail Baqaei, portavoz del Ministerio de Asuntos Exteriores iraní, señaló que, a lo largo de estos 47 años, se ha ido acumulando una profunda desconfianza y recelo hacia Estados Unidos:
"No deben esperar que, en un breve plazo de tiempo, tras una guerra extraordinariamente sangrienta, en la que (…) Irán, tras haber combatido contra dos regímenes armados con armas nucleares, dos regímenes excepcionalmente despiadados, cuya brutalidad hemos presenciado durante los últimos dos años y medio en los crímenes cometidos en Gaza y el Líbano, llegue rápidamente a un acuerdo (con nosotros)".
Aurelien resume de forma concisa el punto muerto:
"Estados Unidos (directamente) e Israel (indirectamente) quieren debilitar y, si es posible, destruir a Irán como Estado funcional. Para Washington, se trata de una venganza por casi cincuenta años de humillaciones, que se remontan al asalto a su embajada en Teherán y al desastroso fracaso de la posterior misión de rescate, así como por los intentos iraníes de frustrar sus políticas en el Levante. Para Tel Aviv, el objetivo es destruir al único país que se interpone entre ellos y su dominio de la región. (Estados Unidos también representa este objetivo de forma indirecta). Los iraníes, obviamente, quieren evitar todo esto, pero también desean que se ponga fin a las sanciones y al aislamiento".
Esmail Baqaei añade:
"Nuestra principal preocupación es llegar lo antes posible a un punto en el que podamos afirmar con seguridad que la amenaza de guerra (contra Irán) ya no existe".
El nuevo líder supremo, Mojtaba Jamenei, profundiza en los objetivos iraníes afirmando explícitamente:
"Ha comenzado una nueva era en el estrecho de Ormuz, y la hegemonía estadounidense ha llegado a su fin".
En resumen, Irán está decidido a "romper las cadenas" de los 74 años de cerco militar estadounidense (sanciones, asedio y aislamiento político) y, al hacerlo, tal y como señaló el Líder Supremo, a cambiar radicalmente el panorama geopolítico de toda la región.
Sin embargo, el sociólogo militar israelí Yagil Levy, en un artículo publicado en Haaretz, sostiene que el comportamiento de Israel cambió notablemente tras los atentados del 7 de octubre y que, desde entonces, se caracteriza por la "adopción de una versión 'dura' de la seguridad permanente… Esta última se percibía (de hecho) como algo que ya se había logrado gracias a la superioridad militar y a la tolerancia internacional".
"La seguridad relativamente permanente, en su versión 'suave', se contrastó con un vestigio del concepto de seguridad que hizo posible el ataque de Hamás (del 7 de octubre), aunque dicho ataque fuera consecuencia de una omisión israelí y no constituyera una nueva amenaza real".
"La búsqueda de una solución permanente no admite concesiones, ya sean políticas o disuasorias, sino que implica el exterminio, la expulsión o el control de una población percibida como una amenaza para la seguridad del Estado".
(El profesor Dirk Moses ha señalado que el término "seguridad permanente" proviene, de hecho, de Otto Ohlendorf, "un criminal de guerra nazi que, antes de ser ahorcado (…) en Núremberg por los estadounidenses, dijo que (…) los niños judíos habrían crecido para convertirse en enemigos partisanos […] y que debíamos comprender que los alemanes no solo querían seguridad normal, sino seguridad permanente: estaban construyendo un Reich de mil años").
Meron Rapoport y Ameer Fakhoury describen cómo la última guerra contra Irán:
"elevó el concepto de 'seguridad permanente" a un nivel aún mayor. Ya no bastaba con asestar un duro golpe a los líderes, las instalaciones nucleares y los objetivos militares, como hizo Israel en junio de 2025. Esta vez, el objetivo era un cambio de régimen: no solo neutralizar una amenaza percibida, sino remodelar el propio entorno político".
Sabemos que el historiador y erudito judío Gershom Scholem ya había predicho que el sionismo religioso funciona como un movimiento mesiánico "militante", "apocalíptico" y "radical" que intenta "forzar el fin" (es decir, la redención) exigiendo al Estado que emprenda, por ejemplo, una conquista territorial a gran escala.
En resumen, Scholem, considerado por muchos como uno de los principales expertos en judaísmo mesiánico, predijo, en efecto, el giro de Israel hacia la "seguridad permanente", no solo como una medida de seguridad, sino como una herramienta del sionismo mesiánico militante.
En la actualidad, se mire como se mire, los "intereses fundamentales" de Irán, Estados Unidos e Israel no podrían estar más alejados unos de otros. Tanto Israel como Irán pretenden transformar radicalmente el panorama político de Medio Oriente. Por lo tanto, lo único que es posible conseguir con las negociaciones son medidas limitadas y a corto plazo que podrían convenir temporalmente a Estados Unidos e Irán, pero que casi con toda seguridad no serán aceptables para Israel (ni para sus grupos de presión y grandes donantes estadounidenses).
Estados Unidos necesita urgentemente una vía de salida, y las negociaciones parecerían ser el mecanismo habitual para ello. Sin embargo, unas negociaciones en el sentido tradicional darían lugar, en la práctica, a lo que se percibiría como una capitulación de Washington y, de prolongarse, a un desastre económico catastrófico derivado de las consecuencias del control iraní del estrecho de Ormuz.
Hoy en día, Trump parece dividido entre la perspectiva de una "fuerte" escalada militar (defendida por la facción que da prioridad a Israel), con la esperanza de lograr la capitulación de Irán, y un bloqueo prolongado del estrecho de Ormuz (aunque sea permeable), defendido por el secretario Bessent, lo que apunta a la idea de otra "guerra eterna". Ninguna de las dos opciones está exenta de graves consecuencias.
Irán, por su parte, ha resistido la presión militar conjunta de Estados Unidos e Israel. Mientras que Tel Aviv no ha logrado ninguno de sus objetivos bélicos iniciales (del 28 de febrero) y, por lo tanto, intenta presionar a Trump para que continúe la guerra, con la “esperanza” de que, de alguna manera, el Estado iraní acabe cayendo.
El problema fundamental para Trump a la hora de poner fin a la guerra con Irán (aparte de que su ego le impide parecer "un perdedor") es que, dado que está en deuda y es rehén de Israel y de los grandes donantes pro-sionistas, le resulta imposible asumir compromisos creíbles (salvo un acuerdo formal) en materia de no agresión contra Irán o de levantamiento de sanciones.
Además, la firma de un tratado no es políticamente viable en este momento, dada la diversidad y la naturaleza de las facciones que controlan el Congreso.
¿Cómo se podría entonces garantizar a Irán el fin del conflicto y el cese de las amenazas de futuras guerras? Teherán solo se sentiría tranquilo si se encontrara alguna forma de impedir que Estados Unidos e Israel emprendieran nuevas rondas de guerra en su contra (aunque, ¿cómo se podría impedir que Israel actuara? Solo (presumiblemente) cortando el apoyo financiero, en materia de armamento y de inteligencia a Tel Aviv.
Y eso implicaría, en primer lugar, una “revolución” en la relación estructural global entre Estados Unidos e Israel y, en segundo lugar, un presidente diferente.
¿Podría ser una alternativa algún tipo de garantía chino-rusa de intervención directa en caso de que se produjera una mayor escalada militar? Tal perspectiva implicaría un nuevo concierto mundial de potencias, algo que parecería prematuro en este momento, dado que Estados Unidos se encuentra inmerso en hostilidades de diversa índole y en distintos ámbitos tanto con China como con Rusia, las cuales, por su parte, se están intensificando en lugar de remitir.
Este artículo fue publicado originalmente en inglés en Strategic Culture el 4 de mayo de 2026 y fue traducido para Misión Verdad por Spoiler.